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martes, 6 de agosto de 2013

El negocio del arte o el arte del negocio

El negocio del arte o el arte del negocio

¿Por qué los artistas pasaron a formar parte de una estructura feudalista?


El título no hace alusión a cuestiones de gerenciamiento. Tampoco el presente escrito brindará herramientas sobre cómo realizar un negocio exitoso. Lo que a continuación trataré de explicar está totalmente alejado al mundo del management.

Lo cierto es que cuando hablo de arte, me refiero a las bellas artes. A las expresiones artísticas. Cuando digo negocio me refiero al ambiente mercantil que pulula alrededor de las bellas artes.

Lo que a continuación trataré de plasmar tiene que ver con cómo los artistas están inmersos en el mundo de los negocios que inexorablemente deben atender y deben saber estar.



Hace ya cuatro años que transito distintos escenarios, en los que desarrollo distintas disciplinas: stand up, poesía oral y música.

A lo largo de este corto tiempo he visitado varios lugares. Me he presentado en bastantes ámbitos, todos ellos, en algunos aspectos, parecidos y en otros muy distintos. Todos se parecen en algo: permiten que expreses lo que pensás sin restricciones. Luego están las diferencias que tienen que ver con el manejo gerencial del lugar, costos, tiempo asignado e infraestructura.

Fui a lugares muy under, como se le dice acá a los lugares que son poco masivos y que tienen una cartera de clientes muy selecta, particular o que maneja cierto código común. Fui, también, a otros lugares que no son tan under y qué están en un nivel intermedio: hay gente que elije entrar al lugar y que no necesariamente tengan características afines al lugar o a la gente que presenta el show, pero que aun así la gente que va es invitada o atraída de manera casi casual por el lugar. El último tipo de lugar vendría a colocarse en lo que se llama la escena principal o la main screen, que son lugares bien ubicados, a la vista de todos, y en el cuál la gente recurre masivamente y entran a los shows por propia convicción.

Hasta acá sólo he descripto tres tipos de escenarios. Las descripciones son muy generales pero lo que quiero expresar es que hay diferencias notorias entre el primero y el último escenario.

La infraestructura es lo que menos me preocupa para estos casos. Pero si aclarar que los escenarios del under y los que están en el medio carecen del equipamiento técnico que si tienen los escenarios de alto nivel; pero, no obstante, los escenarios del under y de los que están en el medio tienen buen equipamiento. En los tres se pueden hacer shows aceptables.

Pude ver, en este corto tiempo, cómo se trata al artista en el mundo de los negocios. Y creo yo que no muy bien. Es decir que no es que se lo trate mal a nivel personal, pero si se estima hacer un negocio permanente con el artista por parte de algunos dueños de sala y/o productores.

Ya no importa cuál es la propuesta sino cuánta gente podés traer. No se trata de darle más facilidades al tipo que está recién arrancando, sino de ver hasta cuanto le da para seguir sosteniendo económicamente de su bolsillo el espectáculo que está haciendo.

Y en esto hay que saber diferenciar. No es lo mismo ir a hacer alguna presentación gratis y de onda porque un amigo te pidió que vayas; a ir a actuar a un lugar y tener que soportar todos los embates solo, ya no importa únicamente si tenés que poner plata o no, también hay exigencia: de tiempos, de coordinación, de comunicación, de publicidad, de negociación, etc., etc., etc. Pero todo esto se da en un contexto similar a un restaurante de comidas rápidas. Tiene que salir como sea y tiene que ser redituable. Si no da algún tipo de ganancia no es bueno. Es un poco la lógica capitalista que se ha transpolado al mundo de las bellas artes.

El que hace algún tipo de arte quiere actuar y mostrarse a toda costa y en definitiva aguanta cualquier embate. Paga lo que tiene que pagar, hace una hora de espectáculo, entrega a horario, coordina con su equipo, negocia con los organizadores o dueños de la sala, publicita el evento en cuanto baño de bar encuentre, etc., etc., etc.

Pero también el artista hace todo como puede y me parece perfecto. La crítica no es esta. Tiene que ver más con la especulación económica generada alrededor de un tipo que sólo quiere mostrar lo que hace.

Esto se da mucho en la escena principal. Porque el tipo va hace todo lo que tiene que hacer y ante el mínimo error cae ante él una suerte de acreedores queriendo lo suyo. El tipo otorga esas concesiones pero después no le queda más resto y decide retirarse de la escena principal hacia otro lugar más under.

Claro está que lo de “el mínimo error” y lo de “los acreedores” es un ejemplo exagerado. Pero nos da también a pensar en esto: ¿estamos dejando que sólo los que pueden bancar económicamente estos espacios se mantengan? Entonces, ¿qué se está pregonando: calidad o venta de boletos?

Hay una suerte de error en todo este sistema que obliga al artista a bancar todo esto. Cuando ni por azar debería ser así, o por lo menos no a niveles tan especulativos. Se debería dar la oportunidad o las facilidades para que una obra pueda mantenerse en cartel por equis cantidad de meses. Aunque si uno se pone a pensar mejor, son decisiones políticas. Y no estamos en presencia de un gobierno muy pro-cultural que digamos (se entendió la sutileza ¿no?).

¿Qué le pasa al artista cuando ve que no tiene un mango para pagar tan onerosos espacios? Se mueve a sectores más clandestinos o poco frecuentados. ¿Y después que le pasa? Vive sabiendo que deberá trabajar toda su vida remachando zapatos —sin desmerecer al oficio—, pero sabiendo, también, que jamás tendrá oportunidad de aunque sea mostrarse a cien personas o seguir perfeccionándose y en el mejor de los casos vivir de lo que ama.

Y pero ¿qué pasa con el tipo que sólo quiere mostrarse? Si bien no sufre tanto porque solo quiere mostrar lo que hace sin importar dónde, también es cierto que no se le muestra un camino de oportunidad; una puerta en dónde pueda mostrar a más gente lo que hace; una chance para que pueda vivir. Este tipo de artistas, sumamente respetables, son los que más convienen, porque no son pretenciosos. Pero también es cierto que caen en ese lugar por dos razones: resignación o elección.

Es claro que nadie puede vivir de lo que ama, no todos pueden vivir del arte y mucho menos en este sistema. Pero también se puede decidir. El artista debe entender que está en una posición de poder absoluta con respecto a las demás partes negociadoras. Debe entender que es él quien hace de los escenarios lo que son. Tiene que entender que es el que hace que los lugares ganen dinero.

Y entonces debe saber que tiene el poder de elegir. Elegir en qué lugar estar. Elegir a quién generarle el negocio y a quién no. Elegir qué decir y que no. Elegir el tiempo que respete: tanto a las obras venideras como a la suya, y en caso de excederse hablar con los que vienen después y llegar a un acuerdo sin la presión de que le pueden cobrar más.

De esta manera hacer entender que los que son de afuera no pueden poner un precio al arte, pero que nosotros sí. Y la pregunta final que hago es ¿Es posible desarticular el sistema mercantil que gira alrededor de las bellas artes? ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué no pretender que los lugares no sigan haciendo del arte un negocio?


Como conclusión de todo esto quiero aclarar que no estoy en contra de nadie y de ninguna forma de negocio. Entiendo que hay costos que asumir y entiendo que hay un espacio que mantener. Y me parece mejor que se mantengan espacios para actuar y no que sean cerrados. Lo que si no comparto es que se tome al artista como puntapié inicial para encarar un negocio especulativo. Tampoco comparto la forma vertiginosa con que se trabaja en la escena principal. ¿Debe haber un negocio? Sí, porque también hay que ganar dinero, pero la pregunta sería ¿cómo debería ser el negocio? ¿Estricto? ¿Flexible? ¿Cerrado? ¿Abierto? Si queremos que el arte sea un negocio redituable y de calidad hay que replantearse el sistema.

Asimismo creo que no está dada la decisión política que permita que muchos más artistas se muestren. Es decir hay unos atisbos por crear movidas culturales, pero no suelen ser muy abarcativas. Pero para que esto cambie tiene que haber un gobierno que también provea herramientas a los dueños de salas.

Con respecto a los espacios conozco unos cuantos en los que los artistas trabajan codo a codo con los dueños o coordinadores de los espacios. Y es en donde salen los mejores shows. No los voy a nombrar pero son gente que trabaja por y para los artistas y les interesa el arte. Y asumen todos los costos sin tener que cobrar nada, solo que un treinta por ciento de la recaudación.

Las políticas que embanderan secretamente el negocio terminan generando que muchos productos de alta calidad tengan que relegarse a espacios menores. Pero la perdida es realmente mayor. Porque lo que se pierde es parte de un patrimonio cultural. Aquellos que hacen negocio, de alguna forma, contribuyen a que la cultura se pierda y la gente no pueda enriquecerse de esa obra.


A todo esto. Recomiendo abiertamente ir a lugares under y ver una obrita de teatro, en el cual el público seas vos y cinco personas más. Seguramente ahí haya una joya. 


SALUDOS!!!!

domingo, 28 de julio de 2013

Una estrategia psicológica

Estrategia psicológica

El paradigma en una sociedad paradigmática


¿Por qué el título es así? ¿Vas a hablar de psicología? No. Se llama así porque creo haber hecho una especie de jugarreta psicológica, sin la intención de querer hacerlo. Lo hice pero me di cuenta que había hecho esta especie de estrategia psicológica al otro día. La he nombrado: bajar un escalón para que el otro baje dos escalones.
¿De qué se trata? Básicamente de reconocer errores para que el otro reconozca los suyos. Nada de misterio tiene esto. De hecho debería ser algo normal, pero no lo es.



Hoy en día estamos en una sociedad, en algunos aspectos, beligerante. No hace falta ver que desde muchos aspectos la sociedad está algo dividida. Ya no solo el fútbol nos separa en una suerte de castas, en donde el hincha del mejor equipo puede opinar o burlarse y el hincha de un equipo menor tiene derecho a permanecer en silencio. Ahora este aspecto se ha transpolado a la política o, mejor dicho, a los ideales políticos. Uno puede sostener su discurso político pero inmediatamente habrá un detractor que no solo devalúe el argumento de una persona, sino, también, a la persona. Lo cual es un error.
Está bien, los ideales no se pueden separar de la persona, pero si podemos separar características físicas de los ideales. No hace falta decirle “negro” a un tipo que es de ideología de “izquierda”. A eso voy. Porque eso es lo que se está dando mucho en la discusión o el debate hoy en día.
Muchas veces se escucha en un debate subido de tono que uno agrede al otro, pero aludiendo a cosas personales. Ya no se trata de rebatir la postura argumental, se busca herir a la persona con lo más bajo que se encuentre.

Entonces ¿Cuál es el resultado? El resultado es algo así:

A: —Yo estoy a favor del aborto. Porque creo que las mujeres deben decidir.
B: —Callate si vos sos un nazi y además con esa cara no podés opinar.

Típico. Este es el debate que se da. Usted pensará que es de alto vuelo, pero no se deje engañar.

Este es, como quién dice, un “flagelo” en la sociedad. No es tan grave, pero genera un vacío en las mentes venideras. Esto es porque nos ven debatiendo así y ellos, los jóvenes, replicaran con el mismo énfasis estas líneas argumentales nulas. No dirán nada. Dentro de diez años nuestros hijos y sobrinos no sabrán ni defender con las palabras lo suyo. Es una visión un poco fatalista. Pero sólo estoy advirtiendo.
En este contexto es dónde nos tenemos que mover. Hoy en día los argumentos están devaluados y cada uno prefiere evitar el desasosiego que genera discutir con alguien que no está de acuerdo con nosotros. El desacuerdo hoy en día es generador de coacción: tanto verbal como física.


El otro día estaba parado en el umbral de un bar. Esperaba a que den las diez de la noche para que empiece un show que estaba a punto de dar. El ríspido frío de otoño hizo que no parara de  refregarme las manos. El interior del bar, que estaba detrás de mí, hacía que mi atmósfera se impregnara del abucheo.
Mientras me fumaba un cigarrillo, pensaba. Solté el aire. Mis ojos se tiñeron de esa humareda grisácea. La gente pasaba casi ciega de un lado a otro. Me abaniqué la cara para dispersar el humo. Los autos que arrancaban raudos al darse la luz verde. Seguía fumando y esta vez daba una bocanada más profunda. Los abucheos se incrementaban: había más gente. Se acercaba más gente a donde yo estaba. Solté el humo contenido. Un contingente de personas que conocía de hace tiempo se apersonó.

Saludé una por una a las personas que integraban ese grupo. Dentro de estas personas estaba una chica con la cual había tenido un conflicto tiempo atrás y que, después de meses sin verla, me reencontraba con ella ese mismo día y en ese lugar.

No importa tanto el conflicto que tuvimos sino lo que voy a contar a continuación.

La vi. Estaba con el novio. El novio me saludó y entró al bar. Di una pitada a mi cigarrillo. Ella sacaba un cigarrillo y lo prendía y el chic chic del encendedor soltaba una larga llamarada. Yo la miraba. Di otra pitaba para tomar coraje. Ella acercó el cigarrillo a su boca y las pitadas tiñeron de rojo fuerte la punta del cigarro. Dio una rauda pitada. Aspiró un poco. Yo la seguía mirando y pensaba unos segundos más en cómo iba a encararla. Abrió la boca para contener ese humor blanco amontonado. Me rasqué la nuca. Dudé unos segundos. Seguía midiéndola. Ella Soltó el humo de un solo tirón y pude ver otra vez esa pantalla gris que difuminaba el firmamento. Caminé un paso, me decidí. Ella puso el cigarro en su boca. Caminé otro paso y dejé mi cigarrillo reposando entre mis dedos. Ella aspiró. La punta de su cigarro se tiñó de rojo.

—Disculpá ¿Puedo hablar con vos? —la interrumpí y su cigarrillo quedó colgando de su boca y sus ojos se abrieron de par en par.
—Si. Dale.

Le comenté que, tiempo atrás, cuando habíamos tenido el conflicto, tuve cierta responsabilidad. Le pedí disculpas por mi equivocación, fue un error. Le aclaré que yo no tenía maldad en mi accionar y volví a reiterarle mis disculpas. Quiso hablar y levanté la voz para interrumpirla. Continúe y le aclaré que me había dolido que ella publicara mi error en una red social. Le dije que soy una persona con la cual se puede hablar tranquilamente y de todo. Ella me reconoció su error y me pidió disculpas.

Ambos expusimos nuestros argumentos y nuestros pareceres. Ambos nos pusimos en el lugar del otro. Ambos llegamos a un acuerdo, al dificultoso consenso.
Pero llegamos a consensuar no porque hay que quedar bien. Fue porque ambos entendimos y comprendimos los errores. Llegamos al consenso, también, porque expusimos ideas claras y ninguno atacó características personales, sino que atacamos el problema.


Pero a todo esto ¿por qué la “teoría” se llama: yo bajo un escalón para que el otro bajé dos escalones?
Muchos piensan que, hoy en día, asumir los errores y responsabilidades es rebajarse hacía la otra persona. Y esto no es así. Es todo lo contrario. Nuestra psiquis funciona con cierto grado de culpa (esto no lo sé, pero lo presumo). Entonces imaginate esto: viene un sujeto y te dice: “Me equivoqué, pero vos también te equivocaste”. Vos te ubicas en el lugar de: “Este tipo asumió su error y me está pidiendo que asuma los míos que encima son verdaderos”.
Entonces el receptor de la declaración, siente la culpa de que se ha equivocado. Pero también siente que no tiene nada para decir. Que ya todo se ha dicho. Solo queda dar explicaciones al respecto y pedir otras disculpas.
Aunque quizás no haya explicaciones, si es muy probable que se dé esto de bajar escalones. Cuando yo dije que uno baje un escalón, quiere decir que uno esté dispuesto a asumir sus responsabilidades. Entonces la otra persona las recibe. Recibe tanto los errores suyos, como los propios. Entonces baja dos escalones.


Para resumir la idea, quiero decir que esta bueno demostrar que uno se ha equivocado, antes de señalar que el único que se equivoco es el otro. Reconocer los errores de uno hacen que el otro tome otra postura, porque no espera que la gente de hoy actúe así. No me refiero a que esto sea una estrategia psicológica para ganar una compulsa, para demostrar quién tiene razón. No. Se trata de ganar la batalla contra la hipocresía. Porque siempre hay un error nuestro detrás de las reacciones de los demás. Pero es más fácil decir que el otro está loco y no asumir que pudo haber algo que uno no ha hecho, o algo que uno ha hecho mal. Nadie se rebaja a nada. Todo lo contrario: uno se agiganta cada vez más, tiene más grandeza asumir los errores que encarar la guerra más terca hacia una verdad inexistente.


SALUDOS!!!!



 

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